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domingo, 4 de diciembre de 2011

No.

Era un mal día, hace una semana perdió sus llaves por lo que no puede usar su auto y debe entrar a su casa por la ventana, hace días que no puede afeitarse pues le cortaron el agua, perdió su trabajo por llegar tarde una semana completa, su gato lo abandonó y la cafetera se rompió. Era un mal día… y le habían cortado la luz.

Nadie entenderá qué pasó, quizá fue la rabia por todo lo malo ocurrido, quizá fue simple aburrimiento de la miseria vivida, quizá era un reclamo al dios no existente en su vida o quizá extrañaba mucho a su gato, nadie sabría el motivo por que ese día Él abandonó lo poco que le quedaba y se dirigió a la playa.

Fijó su mirada hacia su destino y caminó, caminó y caminó. Caminó a paso lento pero firme cual mula testaruda se rehusó a detenerse y a mirar hacía los costados, milagrosamente ningún semáforo intervino con su caminata imparable. Es más, parecía que los carros se negaban a acelerar ante el desfile de nuestro protagonista. Los objetos lo presenciaban con pena, creo que era lástima por todo lo que le había sucedido (es probable que sea imaginación mía, los objetos no suelen considerarnos), sin embargo los humanos no fueron tan amables con Él.

Era como si la humanidad se hubiera puesto de acuerdo en distraer al sufrido caminante. Niños pidiendo que les pasara el balón, niñas vendiendo galletas, mendigos pidiendo limosnas, voluntarios haciendo colectas, ancianas queriendo cruzar la calle, señoritas pidiendo auxilio con las cosas más ridículas posibles. A todo esto Él respondía tercamente “No, no, no”. Era un burro necio, uno que aprendió a hablar únicamente para negarse a sucumbir ante la voluntad de otros y poder seguir su camino sin ser perturbado. Lo peor de toda esta turba enardecida que suplicaba ayuda era eso mismo, el mundo de nuestro héroe se había derrumbado sin que nadie se atreviera a ayudarle y a pesar de esto el mundo real le reclamaba ayuda. Debía ser una broma.

Finalmente llegó a la playa, ignoró mares de suplicas y se negó rotundamente a participar en cualquier tipo de acción ajena a su meta. Había repartido “No” tras “no” durante toda su caminata, incluso al aire que lo acariciaba dulcemente de la misma forma en la que una madre mima a su recién nacido. Llegó a la orilla y presenció el magnífico mar, interminable y limitado, hermoso y terrorífico, omnipotente y omnipresente. Fue en esta playa en la que hace una semana había perdido sus llaves y con ellas su felicidad, toda su vida se había esfumado en una simple y corta semana, claro que Él sabía que su vida hacía mucho era vacía y que su felicidad no existió jamás (salvo la vez en la que gato confundió el cabello de la “suegra” con una bola de estambre y causó caos total. Maldito gato, todo era su culpa).

Metió los pies en el agua, no dejó de caminar, se adentró más y el agua llegó hasta su pecho, pronto se encontró nadando, cada vez más mar adentro. Mientras nadaba sintió que algo se enganchó en su mano, no le hizo daño, simplemente algo se puso en su dedo como un anillo en mano de una damisela que acaba de aceptar la propuesta de matrimonio de su amado, detuvo su nado por un momento y vio el objeto, sus llaves acababan de llegar a su mano. De pronto un pequeño bote pesquero se acercó al reciente nadador olímpico y le preguntó si deseaba un lugar en la embarcación. Debía ser una broma… sus llaves, la clave de su felicidad, llegaban a sus manos por azar del destino y luego de eso alguien por primera vez en su vida le ofrecía ayuda, debía ser una broma. Pero ya era tarde, sus músculos estaban cansados, ya no quería ayuda. Pensó un instante mirando al pescador, pensó una última vez en gato, arrojó sus llaves al pescador, dejó de nadar y gritó… “¡NO!”.

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Existen momentos en que la vida parece burlarse de nosotros, que todo el mundo está en contra nuestra… Existen momentos en los que simplemente todo nos da igual. Existen momentos en los que la mejor respuesta posible es un “No”.

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